LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA EN CASTILLA Y LEÓN
El desarrollo de la Guerra Civil Española en Castilla y León ha sido poco estudiado. Si bien es cierto que en esta comunidad no hubo guerra propiamente dicha, ya que la mayor parte del territorio, con el apoyo mayoritario de la población, quedó bajo el control de los sublevados en unos pocos días a partir del golpe militar del 18 de julio de 1936 también ha existido desidia de historiadores y especialistas de la propia región que, salvo contadas excepciones, no han considerado relevante ni necesario su estudio. En la bibliografía existente se habla sobre todo de la guerra de columnas en la sierra de Madrid y de la formación del Frente Norte. Castilla y León constituyó el germen y la sede del nuevo Estado Español con la Junta de Defensa Nacional en Burgos, el Gobierno General en Valladolid y el Cuartel General del Generalísimo en Salamanca.
La guerra que tuvo lugar en Castilla y León entre 1936 y 1939 debe inscribirse en el contexto de la Guerra Civil Española (17-18 de julio de 1936 - 1 de abril de 1939) y que tuvo como origen un alzamiento militar contra el gobierno de la República Española que tenía como objetivo establecer una junta militar y suprimir el sistema parlamentario. Durante el verano de 1936 España quedó dividida en dos zonas. En la zona gubernamental, el Estado se desmoronó a causa del golpe sufrido y de la revolución social que se desencadenó. En la zona dominada por los rebeldes se impuso el estado de guerra bajo el férreo control de los jefes militares, y dio comienzo una fuerte represión. A partir de noviembre de 1936, cuando los rebeldes fueron incapaces de tomar Madrid, el golpe de estado se convirtió en una guerra civil abierta entre el gobierno legítimo de la República Española y quienes querían derrocarlo para conformar un gobierno para un nuevo Estado (autodenominado Estado Español), que acabó con la victoria de este último y supuso la instauración de una dictadura, con el general Francisco Franco como Jefe del Estado hasta su muerte en 1975.
En el territorio actualmente denominado Castilla y León los sublevados no tuvieron ningún problema para hacerse rápidamente con el control de todas las provincias. Aunque bien es cierto que el alzamiento contó con el apoyo de grandes sectores de la población, lo más característico de la Guerra Civil en Castilla y León es la represión desencadenada por las nuevas autoridades, incluso en los lugares donde no hubo ninguna resistencia (que fueron la mayor parte del territorio), represión que se cebó especialmente con los miembros de las organizaciones integrantes del Frente Popular, los alcaldes y concejales de esas organizaciones, los dirigentes de las organizaciones sindicales (en especial las sociedades de obreros del campo), los maestros y los masones.
En los primeros momentos de la sublevación, tan solo se dio una oposición armada, a cargo de columnas obreras improvisadas, en las comarcas mineras de León y de Palencia. En el sur de las provincias de Ávila y de Segovia también persistieron los choques armados hasta octubre de 1936. Los únicos hechos de armas de cierta importancia se dieron en los pasos de la sierra desde la meseta norte hacia Madrid (Somosierra, Navacerrada y Guadarrama). El frente de la sierra perdió importancia cuando los nacionalistas conquistaron Talavera de la Reina y Toledo (septiembre de 1936). Después del fracaso de los intentos nacionalistas de conquistar Madrid en las batallas de Madrid (noviembre de 1936), del Jarama (febrero de 1937) y de Guadalajara (marzo de 1937), ese frente permaneció olvidado hasta la ofensiva republicana sobre Segovia (mayo de 1937) y la batalla de Brunete (julio de 1937).
Al norte de las provincias de León, Palencia y Burgos se formó un frente con la zona republicana del Cantábrico que perduró hasta el otoño de 1937, cuando los nacionalistas conquistaron Vizcaya, Santander y Asturias. La conquista de la bolsa cantábrica se dio desde el Este (desde Navarra hacia Vizcaya y Santander) y desde el Oeste (desde Galicia hacia Asturias), actuando las fuerzas situadas en Castilla y León como elemento de contención al sur de las montañas.
En el plano político, una vez la sublevación se convirtió en guerra civil, comenzó a formarse un nuevo Estado Español que tuvo como base territorial básicamente Castilla y León: la Junta de Defensa Nacional (Burgos), el Gobierno General (Valladolid) y el Cuartel General del Generalísimo (Salamanca).
A pesar del rápido control de todas las provincias por los militares sublevados, durante varios años persistió el fenómeno de la guerrilla en León y norte de Palencia, así como en el sur de Ávila.
El territorio de la actual comunidad de Castilla y León se dividía entre tres divisiones orgánicas, dos de las cuales tenían el cuartel general en la región (6ª en Burgos y 7ª en Valladolid).La trama conspirativa diseñada por el general Emilio Mola se desarrollaba dentro de los límites de cada División, relacionándose verticalmente cada organización conspirativa con "el Director" (Mola), sin relaciones horizontales entre ellas. La conspiración había alcanzado una gran amplitud entre los mandos intermedios de la 6ª y la 7ª Divisiones. También triunfó en la 5ª (Zaragoza) y en la 8ª (La Coruña).
En las dos jefaturas divisionarias castellanas se formaron, ya desde mayo de 1936, juntas militares y civiles clandestinas, con el objetivo de recabar apoyos entre las organizaciones políticas simpatizantes del golpe militar y, sobre todo, extender la organización conspirativa a todas las guarniciones militares y comandancias de la Guardia Civil.
Los conspiradores contaban con el apoyo incondicional de los tradicionalistas, los falangistas y amplios sectores de las Juventudes de Acción Popular. Los tradicionalistas eran más una corriente de opinión que una organización política. Falange Española contaba con pequeñas organizaciones en las capitales de provincia, pero carecía de arraigo, salvo en Valladolid. Las Juventudes de Acción Popular eran una organización muy importante en toda la región, y además se encontraba muy radicalizada.
En el ejército, los mandos intermedios eran por lo general partidarios del golpe, o al menos no estaban dispuestos a defender al gobierno del Frente Popular, pero los dos jefes divisionarios (Molero en Valladolid y Batet en Burgos) eran leales al orden constitucional.
El Cuerpo de Seguridad y Asalto se adhirió al Alzamiento, al igual que el de Carabineros. La Guardia Civil, en su condición de cuerpo militar, obedeció sin dudarlo las órdenes emanadas de las autoridades militares cuando declararon el estado de guerra. En realidad, la Guardia Civil y las milicias derechistas van a ser la fuerza de choque de los sublevados para conseguir el control del territorio, ya que los soldados de las guarniciones fueron enviados a los frentes de combate.
Por su parte, los partidos y sindicatos obreros y republicanos carecían de cualquier tipo de organización paramilitar, por lo que su capacidad de respuesta ante un alzamiento militar era nula. Solamente los mineros leoneses y palentinos presentaron una limitada oposición armada a los militares y guardias civiles, pero en todo caso fue un acción desesperada, defensiva, sin organización ni jefes.
La capacidad de actuación de las izquierdas residía sobre todo en la masa. Los partidos republicanos (Unión Republicana, Izquierda Republicana, Partido Radical, etc.) eran más bien partidos de cuadros. El peso de la izquierda recaía en el Partido Socialista y en la UGT, tanto en sus sindicatos urbanos como en la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra, es decir, en todo el entramado de sociedades que conformaban la Casa del Pueblo, existente en todas las localidades donde hubiera un mínimo de organización obrera. Existían también, por todas las provincias, Sindicatos de Oficios Varios de Confederación Nacional del Trabajo (CNT) con una práctica e ideología anarcosindicalista con gran presencia en las cuencas mineras leonesas y El Bierzo.
Ante un golpe de estado en el que los militares se alzan en bloque contra el Gobierno, y además se unen a ellos la Guardia Civil y demás fuerzas de seguridad, ni el Estado republicano (a través de los gobiernos civiles y las alcaldías) ni las organizaciones políticas y sindicales leales a la República pueden hacer casi nada para salvaguardar la legalidad: declarar la huelga general y aguantar lo que se pueda.
A partir del 18 de julio de 1936 los hechos se repiten casi punto por punto en todas las provincias de Castilla y León, con la excepción de León, Soria y Ávila.
El jueves 16 o el viernes 17 de julio, los militares conjurados acuartelan las tropas sin haber recibido una orden al respecto por parte del ministerio. El sábado 18 por la tarde o el domingo 19 por la mañana, al recibir la orden del general faccioso que controla la jefatura divisionaria, los conspiradores toman el mando de la guarnición y detienen al jefe, en el caso de que éste no formara parte de la trama, así como al resto de los oficiales y soldados que se mostraran leales al gobierno de la República.
Paralelamente, las noticias sobre el alzamiento del ejército en África hacen que los dirigentes del Frente Popular se reúnan en el Gobierno Civil para evaluar la situación. Grupos de jóvenes de la Casa del Pueblo patrullan las calles para vigilar movimientos sospechosos de las tropas. A veces se producen tiroteos entre paisanos y militares. El gobernador civil trata de averiguar la postura del jefe de la Guardia Civil en la provincia. Se declara la huelga general.
En cuanto consideran la ocasión propicia, o cuando no les queda otro remedio, los militares sacan las tropas a la calle (normalmente el domingo 19 o el lunes 20) y, en un lugar céntrico, leen el bando de declaración del estado de guerra. A continuación se dirigen a tomar el Gobierno Civil, el ayuntamiento y la Casa del Pueblo. A menudo comienza un tiroteo con grupos obreros, más o menos enconado, más o menos prolongado en el tiempo, que termina siempre con la derrota de los obreros. Estos momentos iniciales son de gran confusión, ya que mucha gente piensa que los militares salen a la calle para defender el orden constitucional .
Los sublevados nombran nuevas autoridades civiles: gobernador, alcalde, presidente de la Diputación. En todas las provincias es nombrado un militar como nuevo gobernador civil, el cual llama por teléfono a todos los puestos de la Guardia Civil de la provincia y les ordena que declaren el estado de guerra, disuelvan la gestora municipal y detengan a los elementos extremistas (o sea, de izquierdas). Se ordena también la puesta en libertad de los falangistas y derechistas presos, si los hubiera.
De inmediato comienzan a formarse las columnas militares que deben partir hacia Madrid a través de los puertos de la sierra. Son formaciones mixtas de soldados de reemplazo y voluntarios civiles, mandadas siempre por oficiales profesionales. Comienzan a formarse compañías milicianas de voluntarios falangistas y tradicionalistas, que entrarán en acción poco después.
Nada más tomar el poder en la capital de la provincia, se forman columnas volantes de guardias civiles y voluntarios civiles (aquí es donde aparecen falangistas a cientos, cuando el día anterior apenas había) que recorren la provincia para imponer la nueva legalidad, a menudo sembrando el terror entre sus convecinos, con el beneplácito de las autoridades militares, civiles, judiciales y eclesiásticas.
La mayor resistencia al golpe suele darse en los lugares con mayor concentración de obreros: nudos ferroviarios, comarcas mineras, obras de pantanos o ferrocarriles, etc. Cuando la resistencia era de cierta envergadura, se enviaba contra ellos una unidad militar. Los más importantes de estos choques armados tuvieron lugar en León, tanto en la capital como en la comarca del Bierzo, sobre todo en Ponferrada. También hubo choques importantes en Miranda de Ebro, en Aranda de Duero, en Béjar, en la alta Sanabria y en el sur de las provincias de Ávila y de Segovia.
En algunas provincias, al encontrarse los pueblos desguarnecidos por estar concentrada la Guardia Civil en la capital, numerosos alcaldes del Frente Popular organizaron patrullas armadas con hombres de la Casa del Pueblo. Pero la aparición de la Guardia Civil o de columnas militares acababa con todo conato de resistencia.
Todo este proceso, comenzado el 18 de julio, sábado, suele estar terminado hacia el día 22, miércoles. En Soria, que carecía de guarnición militar, la Guardia Civil no declaró el estado de guerra hasta el martes 21. La situación en León fue más complicada, a causa de la llegada y retirada de un convoy de mineros asturianos.
En Ávila, la intervención de columnas gubernamentales procedentes de Madrid, impidió la consolidación del golpe militar en el sur de la provincia, así como en el este de la provincia de Segovia. Durante todo el mes de julio se produjeron numerosos choques entre columnas móviles de uno y otro bando. Navalperal de Pinares y Cebreros, en la sierra de Gredos, fueron el centro de la resistencia republicana. En esta parte de Castilla los enfrentamientos tuvieron como objetivo el control de los principales pasos de la meseta norte hacia Madrid: Somosierra (carretera N-I Madrid-Burgos-Irún), Navacerrada (carretera N-603 Madrid-Segovia) y Guadarrama (carretera N-VI Madrid-La Coruña). En estos combates destacaron la columna Serrador (nacional), que partió de Valladolid hacia el Alto del León, la columna García Escámez (nacional), que partió de Pamplona para alcanzar Somosierra después de controlar Logroño y Soria, y la columna Mangada (republicana), que desde Madrid llegó hasta las inmediaciones de la ciudad de Ávila y se retiró sin intentar el ataque.
A lo largo del verano de 1936 se formó en el norte de las provincias de León, Palencia y Burgos un frente que se mantuvo, con duros combates en ocasiones, pero también con extensas tierras de nadie, hasta el derrumbamiento de todo el frente norte republicano en el otoño de 1937. En Ávila y Segovia los frentes permanecieron estancados, a excepción de la breve ofensiva republicana sobre Segovia (mayo de 1937), hasta el final de la guerra.
León formaba parte de la 8ª División Orgánica, con cuartel general en La Coruña. Su guarnición militar estaba formada por el regimiento de infantería Burgos núm. 31 y el grupo de reconocimiento aéreo núm. 21, así como una comandancia de la Guardia Civil y una sección de la Guardia de Asalto. Fuera de León y Astorga, sólo era significativo el cuartel de la Guardia Civil de Ponferrada.
La mayoría de los oficiales eran partidarios del golpe de estado que comenzó en África el 18 de julio de 1936, pero no sacaron las tropas a la calle porque el domingo 19 por la mañana llegaron a León dos columnas de mineros asturianos con destino a Madrid, que esa misma tarde salieron hacia Benavente. Una vez pasado el peligro, el lunes 20 los oficiales rebeldes detuvieron a sus mandos leales al Gobierno, sacaron las tropas a la calle y ocuparon los edificios oficiales, deteniendo al alcalde, al gobernador civil y a otros dirigentes locales. Tan sólo un grupo de obreros resistió durante varias horas en la Casa del Pueblo.
Astorga fue controlada sin problemas por los sublevados. En Ponferrada, sin embargo, se habían concentrado miles de mineros que presentaron una fuerte resistencia armada, pero el día 21 los sublevados lograron controlar la ciudad.
A lo largo del verano se fue creando una línea de frente al norte de la provincia, en las montañas que separan León y Asturias, con fuertes combates por el control de los puertos. En el otoño de 1937 los nacionalistas lanzaron una gran ofensiva que les permitió la conquista de todo el norte.
Por último, durante varios años se mantuvo en el norte de la provincia, en especial en el Bierzo y la Cabrera, el fenómeno de la guerrilla antifranquista.
Valladolid tenía gran importancia en los planes golpistas del general Mola, debido a que era la sede de la 7ª División orgánica y desde allí debían formarse columnas militares para marchar inmediatamente sobre Madrid por los puertos de Guadarrama y Navacerrada. Las unidades más importantes de la División eran los regimientos de infantería San Quintín, de caballería Farnesio y de artillería ligera núm. 14, así como otras unidades y regimientos en Salamanca, Segovia, Ávila, Medina del Campo, Zamora, Plasencia y Cáceres.
Mola contaba con la adhesión de numerosos oficiales del ejército, de la Guardia Civil y de la Guardia de Asalto, al igual que con la de los falangistas, en uno de los pocos lugares donde Falange Española contaba con una nutrida militancia.
El Alzamiento fue dirigido por el general Andrés Saliquet Zumeta, que mediante un golpe de mano en la capitanía general contra el general Nicolás Molero Lobo, se hizo con el mando de la División. La Guardia Civil y la de Asalto se unieron al golpe de estado desde el primer momento. Durante varios días, a partir del 18 de julio, se mantuvieron los tiroteos entre los militares sublevados y grupos de obreros de izquierdas, en la ciudad de Valladolid, pero los golpistas lograron hacerse con el control de la situación.
Segovia estaba encuadrada en la 7ª División y, aunque era una guarnición secundaria por su fuerza disponible, tenía una gran importancia estratégica por su situación de límite, por el sur y el este, con las provincias de Madrid y Guadalajara, a lo largo de las sierras de Guadarrama y Somosierra, en las que se encontraban los puertos de montaña que eran paso obligado para las columnas formadas en Castilla la Vieja.
La guarnición de Segovia era poco más que un regimiento de artillería, pero la Guardia Civil y la Guardia de Asalto suplieron con creces la escasez de efectivos militares. Una vez los rebeldes declararon el estado de guerra, deteniendo a las legítimas autoridades, el 19 de julio de 1936, a los pocos días ya tenían controlada la situación en toda la provincia, sin excesiva resistencia armada por parte de los defensores del orden constitucional republicano.
Ávila pertenecía a la 7ª División orgánica y su valor militar era nulo en cuanto a la fuerza disponible, pero muy grande en cuanto a su situación geográfica, debido a las sierras que limitan al este con Madrid y al sur con Toledo.
La única fuerza militar digna de mención era la Guardia Civil, que el domingo 19 de julio por la mañana se unió a la sublevación. Tras leer el bando declarando el estado de guerra, detuvieron al gobernador civil y ocuparon la Casa del Pueblo. El jefe de la policía municipal detuvo en el ayuntamiento al alcalde y a los concejales del Frente Popular. Los militares ocuparon los cargos de alcalde, presidente de la Diputación y gobernador civil. Ese mismo día fueron liberados Onésimo Redondo y otros 18 falangistas que se encontraban en la cárcel, que se marcharon a Valladolid.
Mingorría fue tomado por la Guardia Civil después de un tiroteo. En general, el sur y sudoeste de la provincia, el valle del Tiétar, las sierras de Gredos y de San Vicente, y el nordeste, por el macizo de Peguerinos hasta cerca de San Rafael y el Alto del León, permanecieron leales al gobierno o en situación ambigua. También entró en el territorio abulense una columna gubernamental dirigida por el teniente coronel Mangada, cuyo avance hacia la capital parecía imparable.
El 23 de julio llegaron a Ávila una centuria de Falange de Valladolid y una sección del regimiento de artillería pesada de Medina del Campo. La columna Mangada no siguió hacia la capital abulense, sino que prefirió tomar el importante nudo de carreteras de Villacastín.
El día 24 llegó un batallón del regimiento de infantería La Victoria, de Salamanca, que se dirigía al Alto del León, seguido por otro del mismo regimiento que llegó el día 27 para quedarse de guarnición, y dos escuadrones del regimiento de caballería Calatrava, de Salamanca, que se asentaron en Villacastín.
Los hechos de armas a cargo de columnas nacionalistas y republicanas continuaron hasta finales de septiembre.
Al ser parte de la 7ª División, la guarnición militar de Salamanca, compuesta por dos regimientos, dependía de Valladolid. Tras la sublevación militar que dio comienzo en África, a la que se sumó la 7ª División, el comandante militar de Salamanca se puso del lado de los sublevados y a mediodía del domingo 19 de julio una compañía de infantería leyó en la Plaza Mayor el bando declarando el estado de guerra.
Esa misma mañana, los militares tomaron el Ayuntamiento, el Gobierno Civil, Correos, la Telefónica, la emisora Inter Radio Salamanca y la estación del tren, y distribuyeron destacamentos por distintos lugares de la carretera de circunvalación y de las vías férreas que pasaban por la ciudad.
Se declaró la huelga general, que duró varios días, y hubo escaramuzas con obreros armados de los barrios populares, pero los militares se hicieron pronto con el control de la ciudad. En Béjar hubo una resistencia más enconada, hasta el día 21.
Hubo conatos de resistencia más o menos simbólicos en Peñaranda de Bracamonte y en Ciudad Rodrigo, a la espera de que llegaran tropas leales al gobierno de la República o el convoy de mineros asturianos, pero la Guardia Civil logró hacerse con el control absoluto de la provincia en muy poco tiempo sin encontrar resistencia. En Béjar la CNT convoca Huelga General en respuesta al alzamiento pero es aplastada a las pocas horas.
De inmediato fueron detenidos los principales dirigentes del Frente Popular, así como cientos de personas más en toda la provincia , que llenaron a rebosar la prisión provincial.
El 28 de septiembre se reunió en una finca a las afueras de Salamanca la Junta de Defensa Nacional, eligiendo al general Francisco Franco como Generalísimo de los ejércitos nacionales y jefe del Gobierno del Estado, pero en la Ley de Estructuración del Nuevo Estado Español, del 1 de octubre, que daba paso a la Junta Técnica del Estado, Franco aparecía como Jefe del Estado. A partir de esa fecha se instaló en Salamanca el Cuartel General del Generalísimo. En octubre de 1937 Francó fijó su residencia en Burgos, aunque el Cuartel General oficialmente siguió en Salamanca.
La guarnición militar de Zamora, perteneciente a la 7ª División orgánica, con cuartel general en Valladolid, estaba compuesta por un regimiento de infantería, una comandancia de la Guardia Civil, otra de Carabineros y una sección de la Guardia de Asalto.
Provincia agraria, conservadora y clerical, las derechas organizadas alrededor de la CEDA tenían una amplia presencia en las instituciones, si bien el Partido Socialista y la UGT contaban también con una amplia base obrera.
Cuando se produjo el alzamiento del 18 de julio, los militares no dudaron en acatar las órdenes procedentes de la jefatura de la División, procediendo a ocupar la capital el 19 de julio, con la ayuda de la Guardia Civil y la de Asalto. Asimismo, jefes militares se hicieron cargo del gobierno civil, la alcaldía y la diputación provincial.
Hubo ciertos momentos de incertidumbre cuando el tren de los mineros asturianos llegó hasta Benavente, desde donde regresó a Asturias, pero la única resistencia armada corrió a cargo de los obreros del tendido ferroviario que se concentraban en Requejo organizados muchos en el sindicato anarquista CNT.
El control de la provincia fue seguido de una virulenta represión que llenó en poco tiempo la prisión de Zamora con cientos de personas vinculadas al Frente Popular.
Burgos tenía una gran importancia dentro de los planes conspirativos del general Emilio Mola, debido a que albergaba el cuartel general de la 6ª División orgánica y una nutrida guarnición. Además, el propio general Mola, destinado en Pamplona, dependía del jefe de la División, general Batet, que no se fiaba en absoluto de él.
Según los planes de Mola, la 6ª División debía formar una fuerte columna, que confluiría con otra enviada desde Zaragoza para caer sobre Madrid a través del puerto de Somosierra por la carretera N-I.
La principal baza de Mola era la gran extensión de la trama conspirativa, que le permitió contar desde el primer momento con la práctica totalidad de la fuerza armada, tanto militares como guardias civiles y de Asalto. El general Batet y otros mandos fueron arrestados por los golpistas cuando el 19 de julio sacaron las tropas a la calle. Rápidamente los sublevados ocuparon sin resistencia el gobierno civil, el ayuntamiento, Correos, la estación de tren y otros lugares estratégicos. Paradójicamente, el alcalde republicano fue confirmado en el cargo.
Se produjo una fuerte resistencia al golpe en las localidades con mayor concentración de obreros, como Miranda de Ebro, pero los sublevados se hicieron con el control de casi toda la provincia en unos días (excepto algunos valles del norte de las Merindades -Valle de Mena, Valle de Losa, Alfoz de Santa Gadea, Alfoz de Bricia...-) y el extremo norte de La Lora, desde los que hubo varios contraataques republicanos no muy exitosos; hasta el verano de 1937, en el que estas zonas son conquistadas durante la caída del frente del Norte), dando comienzo a una violenta represión.
Palencia formaba parte de la 6ª División Orgánica y albergaba una guarnición de segundo orden. Los militares sublevados no tuvieron problemas para controlar la capital, a partir de la declaración del estado de guerra el 19 de julio. En la provincia, la mayor resistencia se produjo en las zonas mineras de Barruelo de Santullán y Guardo.
Debido al fracaso del golpe militar en Santander, al norte de la provincia se formó una tierra de nadie que se mantuvo en situación ambigua hasta el derrumbe del Frente Norte en el otoño de 1937. «Texto en comillas latinas»
Soria, que pertenecía a la 5ª División orgánica, tenía una gran importancia para los planes golpistas del general Mola, debido a que en esa provincia debían confluir las columnas que saldrían de Zaragoza hacia Guadalajara, y de Pamplona (pasando por Logroño) hacia Madrid, al igual que la de Burgos hacia Somosierra. Sin embargo, Soria contaba solamente con una Caja de Recluta, por lo que la única fuerza armada de la provincia era la comandancia de la Guardia Civil.
La organización del golpe tuvo en Soria muy escaso desarrollo, de modo que, tras conocer la noticia del alzamiento en África, hubo unos días de confusión, hasta que el martes 21 por la mañana el jefe de la Guardia Civil se decidió a declarar el estado de guerra. Ese mismo día por la noche llegó a la ciudad la columna de García Escámez, que había salido de Pamplona, formada por soldados, falangistas y requetés, que se hizo con el control de la provincia.
Castilla la Vieja ofrecía a los sublevados una excelente plataforma para instalar los órganos de mando de la sublevación hasta que cayera la capital, Madrid, cosa que se preveía inminente. Todas las provincias de la región -y las de la antigua región de León- fueron controladas de inmediato y, excepto el molesto pero poco amenazante frente norte, no había actividad bélica cerca de las principales ciudades. Además, Castilla la Vieja se convirtió pronto en el símbolo o la síntesis de la España eterna tradicional y católica que el nuevo régimen venía a implantar, continuando la obra del Cid, los
